El hombre absurdo prefiere ser fotógrafo de perros muertos

 

Mientras observo detrás del vidrio de una cafetería ubicada en algún punto de la ciudad de México, un degradé colorido circula frente a mis ojos, seres ataviados con audífonos de distintas marcas y tecnologías, hacen un intento por no escuchar al de al lado, peor aún, a sí mismos. Desafortunadamente, el ser humano se ha acostumbrado a medir su sentir por medio de redes sociales, un me gusta puede acelerar corazones o romper ilusiones (dependiendo el caso), estos simuladores son ahora los encargados de recrear emociones, los sentidos van quedando limitados a lo que esos nuevos modelos pueden abarcar. Al final del día, las voces internas que resuenan por naturaleza en los hemisferios cerebrales se van acallando.

La oleada sigue avanzando, hay quienes dispuestos, por instinto o quizá por necesidad, miran detrás de los vidrios de la cafetería donde estoy, de los edificios colapsados por la apatía, o de cualquier otro sitio que permita este acto de rendición; todo para buscar en medio del smog, su tan diluido reflejo, para verse frente a frente ante la compleja inutilidad de sus vidas — o es lo que ellos piensan— incapaces de entender al mundo, confrontados en todo momento a dicha incomprensión, Albert Camus denominó a estos seres como “hombres absurdos”.

¿Es así como se siente hoy en día la humanidad? ¿Confrontada en todo momento a una incomprensión masiva del mundo? Probablemente la obra Fotógrafo de perros muertos es un intento por sensibilizar una situación que ha perseguido a la humanidad durante todas las épocas, un pensamiento característico de finales del siglo XIX: el existencialismo, la búsqueda del ser humano individual como creador del significado de su propia vida. El hombre y la mujer existen en la medida que crean un pensamiento de sí mismos y de su mundo. Por lo tanto, el dramaturgo Alan Márquez Lobato en un intento por colocar las piezas de una historia que se cuenta a partir de su personaje protagónico: Andrés, apunta con el objetivo  de develar esa preocupación que tiene el ser humano por encontrar el significado de su vida, en una eterna búsqueda de la felicidad.

Andrés, interpretado por Jorge Arizmendi, es el personaje protagónico, un ser que se cuestiona el sentido de su existencia, lo que ve, lo que respira y siente. ¿Cómo volver a la cotidianeidad después de haber descubierto que todo ha perdido su sabor y que lamentablemente ya no distingue entre lo salado y lo dulce? Su mirada se encuentra perdida entre sus anhelos ya olvidados, agobiado por aquellos que lo rodean y que respiran insistentemente junto a él. Un hombre absurdo, encerrado en la cima de su vida como buen Sísifo, condenado a empujar perpetuamente un peñasco hacia la cima de una montaña en un ciclo infinito.

 

De manera acertada, Jorge Arizmendi construye un personaje que vive sobre la escena, para exaltar una problemática que acontece, por medio de matices que se traducen en miradas, gestos e imágenes, potencializadas por medio de las atmósferas estilizadas, creadas por el director de escena Abel González. El espectador puede por un instante ver a través de los ojos del protagonista, una proyección audiovisual busca reforzar la extensión del pensamiento de Andrés, desafortunadamente este elemento se desgasta y en efecto, pierde el potencial con el que se anuncia ante la mirada de quienes observamos.

Fotógrafo de perros muertos es un montaje que busca decir por medio de diversas disciplinas artísticas. El acierto radica en el diálogo continuo que se configura entre el espectador y el creador escénico, ya que al tratarse de una obra fragmentada, que va de un tiempo a otro, exige  un espectador activo, que este atento a cada detalle, para posteriormente ir construyendo la historia de Andrés y al mismo tiempo la propia. La saturación de elementos sobre la escena se justifica al querer exteriorizar ese vacío que Andrés padece, objetos y personas que ya no tienen sentido para el personaje. Con seis personajes en escena, que transitan en un tono por momentos tétrico, me invita a pensar en que probablemente Abel González busca retratar a una sociedad saturada, con un vacío existencial que se contrapone de manera oportuna ante el espectador activo. Con su característico estilo, Abel González logra construir un mundo surrealista, el resultado: la exaltación de todo aquello que ha dejado de tener sentido no solo para Andrés sino para la sociedad actual.

La construcción de atmósferas siempre será un deleite sobre la escena, porque miramos con todos los sentidos, para así aprehender las emociones de quienes viven por un instante en un fragmento de realidad. Así, la coreografía que delinea el clímax de la obra, conecta con otro canal de percepción para así catapultar la experiencia del espectador. La saturación es una apuesta difícil de cuidar, la precisión en los detalles, las entradas y salidas de los personajes de cada escena se tienen que impregnar de verdad, con seis actores en escena, se diluyen las intenciones que elevarían el entramado escénico, aún así, el personaje que narra ciertos pasajes de Andrés, alcanza a sostener lo sublime del protagonista, dejando para el espectador  la deconstrucción del mundo de este Fotógrafo de perros muertos.

El live motive de Andrés esta en sus fotografías, para él, una prueba de que hay algo más allá de la muerte, un medio para sentir la vida a través del lente de la cámara pero al mismo tiempo, capturar lo inanimado, la carencia de vida. ¿Qué es la felicidad? ¿Una familia, hijos, amor, deseo, éxito…? Las imposiciones destruyen, agobian, transforman. Andrés es aquél Sísifo que cuando por fin lleva el peñasco a la cima, antes de que vuelva a caer, siente y respira,  para así vislumbrar un instante de felicidad. La cámara fotográfica captura un instante, esa felicidad que vive en su mirada, para posteriormente esfumarse ante la vida.

 

Fotógrafo de perros muertos

Dramaturgia: Alan Márquez Lobato  | Dirección: Abel González  | Producción: BackStage Producciones y Talento | Elenco: Jorge Arizmendi, Juan Manuel Raygoza, Minerva Velasco, Andrea Méndez, Rosendo Gazpel, Jorge Ramos, Ángel Zozaya y Danae Zeller  | Fotografía: Víctor Durán

 

Temporada: del 5 de septiembre al 31 de octubre | miércoles 20:45 hrs.

Foro 37, Londres 37, Col. Juárez, Del. Cuauhtémoc, CDMX