Dolor y gloria… hable con Almodóvar

 

Tomé mi tiempo para poder reflexionar sobre la vigésima primera, y más reciente película de Pedro Almodóvar: Dolor y gloria. Misma que triunfó ante la crítica en Cannes 2019, ganadora al mejor actor (Antonio Banderas); una película que rompió records de taquilla en España, regresándole a Almodóvar el status de favorito del público, al que hoy por hoy es el director vivo en idioma español con mayor proyección en el mundo.

Era el año 2004 y en mi etapa de pubertad se había estrenado la polémica película: La mala educación. Recuerdo que no se hablaba de otra cosa más que del fenómeno “Pedro Almodóvar”. Fue la primera película que pude ver sobre el director manchego y aunque mi joven edad no me permitía entender el obscuro subtexto, ni  las truculentas curvas de la trama; lo que sí recuerdo, es ese enigmático poder de atracción que no me dejaba quitarle los ojos al filme. Al fin de cuentas el lenguaje artístico no distingue edades.

Siempre que me preguntan sobre mis directores favoritos, Pedro Almodóvar, ocupa las primeras posiciones. Como buen admirador, he visto y disfrutado cada una de sus 21 películas. Puedo decir que en mi adolescencia el cine de Almodóvar, formó en buena parte quien soy y aspiro ser como persona y artista.

En su más reciente película Dolor y gloria, se narra la vida de Salvador, un maduro director de cine que se encuentra bloqueado creativamente y se refugia en sus recuerdos de infancia y años formativos, para poder salir de su crisis. Eso sí, con muchos raspones y cicatrices.

Hay mucho, en verdad mucho que decir sobre la película. Lo primero que viene a mi mente es una película autobiográfica. Almodóvar ha dicho infinidad de veces que se trata de su película más personal, aunque no autobiográfica y es que todas las creaciones artísticas de Almodóvar, están estrechamente ligadas con su vida personal, cosa que el director ha presumido a los cuatros vientos. Y en ese sentido, Almodóvar me recuerda a grandes creadores clásicos como Tennessee Williams, Oscar Wilde, Jean Genet, Federico García Lorca, entre muchos otros; en los cuales hay una delgada y borrosa línea entre vida, realidad y ficción. Muestra de ello, es que dentro de sus 21 películas, únicamente 3 son adaptaciones no originales: Carne trémula (1997), La piel que habito (2011) y Julieta (2016).

Sin lugar a dudas estamos ante un Almodóvar maduro, me arriesgo a decir que un Almodóvar ya notoriamente con muchos años encima como creador, por no decir viejo, en el buen sentido de la palabra. Y es que lejos quedaron los momentos del Pedro, irreverente, contestatario, rebelde, hilarante, ácido, Kitsch, caprichoso, que tanto disfrutamos en películas como: Entre tinieblas (1983), Kika (1993) y Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988).

Estamos ante un Almodóvar meditativo, pausado, reflexivo, un tanto misterioso y ensimismado. A su película 21, Pedro nos muestra una faceta nunca antes vista. Mucho más profunda y enigmática que las películas: Matador (1986) o Julieta (2016). Sin lugar a dudas su estética aparece casi intacta, más estilizada y artística, pero maneja la misma gama de colores que ha utilizado para prácticamente todas sus películas. Los más observadores hacemos hincapié en que en cada escena está presente un elemento rojo y verde.

Mi conflicto con la película es la estructura elegida para la trama. Los primeros ochenta minutos a simple vista parecen no tener mucho sustento, quizá tarda mucho en plantear el contexto. Es reconfortante y para los fanáticos es divertido cazar las referencias a sus películas, y al universo Almodóvariano, como el sospechoso parecido de un personaje con Carmen Maura, la chica Almodóvar por excelencia; o las referencias a México y Chávela Vargas, que fueron grandes inspiraciones para el creador.

Dolor y gloria tiene momentos muy honestos por parte del director, y esto es algo que no lo había visto antes en ninguna de sus películas. Hay una escena donde Antonio Banderas, caracterizado como un bien parecido Pedro Almodóvar, tiene un momento de sinceridad con su madre y ambos expresan su sentir y es quizas el momento más honesto de los que he visto en la historia del cine. Un momento muy conmovedor.

La película resulta un conjunto de temas y a su vez es polisémica, uno de los temas principales y que sigue siendo recurrente en el director: la madre. Sin embargo aquí se presenta un tratamiento diferente al utilizado en: Todo sobre mi madre (1999) o Tacones lejanos (1991). Y es entonces, cuando se aprecia con mayor fuerza el carácter maduro de Almodóvar. En las anteriores películas era evidente un tratamiento rebelde y recriminatorio, casi como de un niño caprichoso, no por nada se le consideraba L´enfant terrible. En Dolor y gloria, Almodóvar, en voz de sus personajes busca una expiación, esa liberación de culpa o pecado, consecuencia de las recriminaciones de la madre. El perdón no llega pero parece que es suficiente con expresar los sentimientos, aunque la nostalgia y la culpa que provoca la figura de la madre quedará como una cicatriz imborrable y dolorosa.

Alrededor de 2006 con el estreno de Volver, Almodóvar hizo la promesa pública de no volver a representar en su cine a un travesti, ni a un yonki. Y una vez más se comprueba que cae más rápido un hablador que un cojo. Antonio Banderas es sorprendente en su interpretación como Salvador, y esto se debe a que se maneja en un rango actoral que nunca antes lo había visto. Con una energía, pesada, vulnerable, nostálgica, cabizbaja y en crisis, que logra conmover al espectador. La película se sostiene magistralmente. Antonio Banderas logra el difícil reto de ser un personaje fuerte pero en el sentido doloroso y sombrío. Muy merecido su premio en Cannes.

Por su parte, Penélope Cruz, interpreta a Jacinta, la madre en versión joven del director: Salvador. La interpretación de Cruz es buena con sus matices, muestra el completo entendimiento del personaje. Mi conflicto, es que ya hemos visto muchas veces a Penélope, interpretando a esa mujer de pueblo con estilo de Sophia Loren. ¿Será que ya está encasillada Penélope o simplemente está en un personaje que no la deja ir más allá?

Almodóvar refleja su filosofía del cine como sólo él puede hacerlo, hay un momento maravilloso cuando habla en voz de su protagonista de lo que es el melodrama y del trabajo de los buenos actores al contener las lágrimas, este momento nos hace recordar a su película: Los abrazos rotos (2009).

Al terminar de ver la película mis sentimientos eran confusos, quizá demasiado. Sin dudarlo es una buena película, con un estilo diferente a lo que esperamos de Almodóvar, una vuelta de 180 grados a sus películas más memorables. Un director, maduro, diría yo que la película es como de un ex hippie que en la actualidad es un señor pensionado. Se aprecia que la película esta manufacturada por alguien que ama profundamente el cine. Esa pasión ya no es la pasión juvenil de películas como: Átame (1990), La ley del deseo (1987) o La flor de mi secreto (1995), se nota que es una pasión mucho más reflexionada y profunda. Este cambio en la esencia de Almodóvar no es mala, simplemente es diferente.

Hay una frase en voz de Cecilia Roth que dice: “La película es la misma, son tus ojos los que han cambiado”. Irónicamente, con nosotros pasa un poco lo contrario, nuestros ojos buscan el mismo estilo en la película, pero el director es el que ha cambiado. Lejos ha quedado el Almodóvar, de su primera y mítica película: Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón (1980). Ahora es un creador más formal y maduro. Pero esto le ha sentado bien al Pedro. ¡Larga vida a Almodóvar!