El irlandés. Y el paso del tiempo como recurso dramático

 

Hace ya una semana que se estrenó en Netflix, la película número 25 de Martin Scorsese, se trata de: El irlandés. Un filme colosal, tanto en extensión temporal como en temática; un desafío de producción al ser la película más costosa del director. Scorsese regresa a un eje temático que le apasiona, pero ahora lo desarrolla desde una mirada más reflexiva, más madura, más crítica. Se renueva sin perder su esencia. Una película que quizá representa un reto para algunos públicos pero que sin lugar a dudas, trascenderá en el mundo del arte como una pieza única.

La historia sigue a Frank, un hombre recluido, por no decir olvidado, en un asilo geriátrico que comienza a relatar su trabajo con la mafia durante décadas. Su relación con la mafia italo-americana y también su relación con la mafia sindical. Esta visión de la distancia temporal hace recordar las cosas buenas de su trabajo, pero sobre todo las consecuencias desgarradoras en su vida.

El reto de tratar de escribir una crítica al respecto de una obra fílmica tan avasalladora como lo es El irlandés, me colocó en un predicamento. ¿Qué se puede decir sobre Martin Scorsese? ¿Qué se puede decir sobre El irlandés? Sin lugar a duda se trata de una película que ha generado controversia desde sus inicios, y creo firmemente que el veredicto final lo tiene el espectador que se sentirá o no, sacudido por la pieza de arte. Como crítico considero que el trabajo recae en decir los motivos por los cuales invertir tres horas y media de su vida en una película. Aquí empieza la crítica.

La idea de: El irlandés, surgió en 2007. El proyecto fue pospuesto hasta que se dieron las condiciones necesarias para que esta obra viera la luz. Netflix fue quien le brindo la libertad creativa y financiera a Martin Scorsese para crear este monstruo de película que ronda alrededor de los 159 millones de dólares.

 

Martin Scorsese, ha contribuido a la cultura popular con sus relatos sobre el crimen organizado en Estados Unidos, falta mencionar películas como: Calles peligrosas (1973), Buenos muchachos (1990), Casino (1995), Los infiltrados (2006), entre muchas otras, para saber el legado que el director ha construido por décadas y a lo largo de veinticinco películas, todas con el tema de gánsters.

Scorsese, hace una película referencial pero ahora su intensión es una muy diferente. La película es serena, no presenta ni idealiza el crimen o la violencia. Hay en todo momento, en cada escena, una sombra de culpa con respecto al crimen. Hay varias escenas en la película donde aparecen imágenes religiosas como metáfora de lo que esta moralmente erróneo. En repetidas ocasiones el mismo Scorsese se ha declarado como un director religioso, basta recordar: La última tentación de Cristo (1988) y Silencio (2016).

 

La película concentra en Frank, su personaje principal, interpretado por Robert De Niro. Un personaje trágico, carcomido por las consecuencias de sus actos. De Niro interpreta a un hombre estoico, reservado en sus sentimientos pero aplastado por las consecuencias de sus actos. Una actuación de bajo perfil pero profundamente elaborada. El paso del tiempo es el gran personaje de la película. Una película que se desarrolla en diferentes décadas con los mismos personajes. Es impresionante cómo el tiempo se convierte en un personaje, como el principal recurso dramático.

Robert De Niro (76 años), Al Pacino (79 años) y Jon Pesci (76 años), con la magia del rejuvenecimiento y envejecimiento del arte digital interpretan a sus personajes en la juventud y la senectud, con una fuerza interpretativa que demuestra las tablas actorales de figuras de su talla. Jon Pesci, el carismático asesino líder de la mafia es interpretado con una precisión escalofriante. Al Pacino, quizás es el más lucidor por los altibajos de su personaje; crea un hombre obsesionado por el poder y que a la vez tiene actitudes paternales, una actuación que pronostico se llevará todos los premios.

Ana Paquin, a quien recordarán como la niña que a los 11 años ganó un Oscar. Tiene un personaje enigmático, que guía moralmente al espectador en este universo maleado. A base de silencios, miradas arrolladoras y un sólo dialogo se construye un personaje sumamente profundo.

La estética visual fotografiada por el mexicano Rodrigo Prieto, nos lleva con serenidad y de manera meditativa, por el desmoronamiento del personaje principal. Sobresalen varios planos-secuencias hermosamente construidos.

El discurso del director resulta prudente y maduro. Nos invita a reflexionar sobre el ocaso de una vida y nos invita a preguntarnos: ¿Valieron la pena los actos realizados en la juventud? La pregunta es lanzada al aire para que el espectador reflexione su propia respuesta. Martin Scorsese examinando su obra de veinticuatro películas anteriores.

Se trata de un filme complejo. Un mosaico de emociones, temas y discursos. Libre a la interpretación. Sin lugar a dudas es una película que reta al espectador a mantener su atención durante doscientos minutos. Considero que el ritmo se afloja un poco al momento de relatar la historia sindical de mediados del siglo XX, ya que quizás se centra en un tema local de la historia estadounidense.

 

La última media hora de la película, en mi opinión, es la parte más emotiva ya que vemos las consecuencias de los actos, que caen como una bola de nieve. Es donde ocurre el derrumbe total del personaje que lo aprisiona en el olvido, el rechazo, la vejez, la enfermedad y la remembranza de tiempos pasados.

No se pueden perder este acontecimiento cinematográfico, una película que marca un punto y aparte, no solo en la carrera de Martin Scorsese o de sus actores. Si no que va más allá y puedo decir que marca un punto y aparte en la historia del cine. Tengan paciencia. Disfruten cada escena, cada interacción entre los actores, cada nota musical. Déjense perder por el ritmo, las tensiones y distensiones de la trama. Permítanse ser sacudidos por El irlandés. Películas como ésta se ven poco. Algo que siempre digo a mis amigos es que no hace falta entenderlo todo, lo único indispensable al estar frente a una pieza artística es dejar fluir las emociones, los sentimientos y estar atentos a lo que el arte nos provoca sentir.