Por: Juan Carlos Delgado
Ese mismo día tuve la osadía de asistir a dos funciones distintas, casi como para compensar. Tras tomar vitaminas en pastilla para aguantar el ritmo, y después de dos días sin dormir, el remedio se sintió tan bien como el mal que lo causó… not.
No sé cuántos recuerdan al —temporalmente cerrado— Foro El Foco en la colonia Roma, y a su célebre director, Wilfrido Momox. Ese espacio, que albergó a muchísimos jóvenes presentando sus primeros trabajos en su ya extinto rally, tenía a la par algunos montajes en un horario más «para adultos». Entre ellos destacaba Calígvla, una obra, por desgracia, no tan célebre entonces. Era tal la fama siniestra que este montaje despertaba en mí, que me generaba una enorme curiosidad por verlo; sin embargo, siempre terminaban ganando los prejuicios y las ideas erróneas, alimentadas por otro montón de jóvenes que también hablaban sin haberla visto. Y así como a ellos, a mí también se me fue la juventud sin ver lo que, hasta este domingo, por fin tuve la oportunidad de presenciar.
También en un horario un poco más tardío de lo habitual, Calígvla de Wilfrido Momox —a partir del texto de Antonio González Caballero— se presenta ahora en el Foro Bellescene los domingos a las 6:30 p.m. Nos reunimos en una de las dos salas del foro para atestiguar los horrores de Calígula, el emperador romano que pasó a la historia por su total despotismo y perversidad. Ya hemos visto otras versiones del mismo personaje (la más famosa, quizás, la de Albert Camus, donde vislumbramos la parte sensible del joven emperador detonar su desprecio por la vida tras la muerte de su hermana Drusila). Pero aquí, en el Bellescene, vemos a alguien que, aunque sin motivo aparente, arremete con rabia y una venganza latente contra sus allegados. Lo que más permea en esta versión es la paranoia, el sentido de persecución que empuja a Calígula a precipitar sus decisiones al enterarse de una confabulación en su contra, una que promete terminar y destruir su vida.
La sociedad —tan humana a fin de cuentas, llena y construida de contradicciones— siempre pone en el límite algo que al día siguiente ya no está ahí. Una auténtica cinta de Möbius. Hace unas reseñas hablaba de la unión y los valores que el teatro es capaz de difundir; sin embargo, no hay que olvidar que quien desconoce su pasado está condenado a repetirlo sin quererlo. Existen obras como Calígvla que perfilan a alguien poderoso, peligroso y perverso. Retratan aquello que, si no se enuncia, corre el riesgo de normalizarse tanto que terminaría pareciendo un decreto oficial. He de admitir que me acerqué a esta obra con mucho prejuicio. Fui por invitación, y cómo no ir, si desde hace años me causaba intriga (como todo aquello que hace ruido pero decides ignorar).
Lo más impresionante fue ver al propio Wilfrido Momox en escena, aquel hombre rodeado de una leyenda negra, entregando una interpretación maravillosa. Junto al elenco que lo acompaña —David Mora, Emmanuel Ávalos, Jhoel Carrión, Demián Valentín y Víctor Plascencia—, le dan forma al monstruo: aquel que toma los placeres sin importarle ser observado, un dios autonombrado que recibe de sus cercanos (semejantes, aunque nunca justos) un final digno de mercenarios: la muerte por traición a sí mismo.
De la función salimos muy gratamente despabilados Álvaro y yo:
—Pensé que iba a ver algo vulgar. —Yo también, ¡qué bueno que no!
Nunca he visto mi propio sesgo tan desmentido como cuando mis preconceptos fueron refutados por la entrega del actor a su trabajo, apostando por un estilo de montaje y un público que claramente no es “en formación”. Es cierto que no estamos frente a una obra que parezca enarbolar una problemática que afecte al grueso de la población. O bueno, si una persona laureada y responsable de un bien mayor, estando en la cúspide del poder de un imperio, antepone la voluptuosidad del trono al bienestar de los suyos… quizás eso sí nos afecte a todos.
Quizás debamos hacer una pausa de los horrores que el narco deja en los espectadores de a pie, y voltear a ver a quien está arriba: cumpliendo caprichos, asesinando por berrinche y enlutando por venganza. A alguien cuya conducta resulta en vanas diversiones pagadas por todos nosotros, obligados a aplaudirle solo porque está en el poder y, claramente, se puede molestar. No sé si salí feliz, pero agradezco profundamente que me hayan callado la boca con asombro. De verdad, no le creas a los que repiten sin saber y atrévete a quitarte el tabú como filtro.
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