El arrabal del Centro Histórico: El Marra

He de reconocer que me fascina el ajetreo infinito que inunda las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México. El vaivén te seduce de forma inmediata y sin darte cuenta, eres parte de esa masa colectiva que avanza a grandes zancadas. Detrás de mí, los vagabundos toman las aceras como casa; un par de cartones acomodados en forma de cuadrangular, sostenidos con lazos que son sujetados de los parabuses, son la trinchera desde donde miran el ritual cotidiano para después sumergirse nuevamente en su etílica realidad.

Mientras el semáforo de Avenida Eje Central esquina con República de Cuba, muta del verde al rojo para dar paso a la multitud caminante, alguien enciende un cigarrillo para mesurar su ansia por llegar al arrabal. Es hora, corremos temerosos de que algún loco pise el acelerador y siga de frente. Del otro lado, aquél hombre alto, ataviado con una camisa a cuadros, pantalón de mezclilla azul y calzado deportivo blanco continúa inhalando tabaco, para dejar su aroma a lo largo de la estrecha calle. Camina más aprisa, tira lo que resta del cigarro y lo pisa con tino.

Con frenesí, saluda al grupo de amigos que lo esperan frente al club. En la parte superior de la fachada puede leerse, entre luces cálidas y un color rojo de fondo “El Marrakech salón”. Debajo, una entrada minúscula, resguardada por un hombre y una mujer vestidos con ropa negra de seguridad, son los encargados de dar la bienvenida y acceso a lo que será una noche liberal, su actitud contrasta totalmente con la de cada persona que atraviesa el umbral; definitivamente la costumbre le ha ganado a este par.

Una vez dentro, el calor hace despojarte de toda ropa que lleves demás, incluso, de alguno que otro prejuicio que ande por ahí. El sitio, más que tener apariencia de bar/club, aparenta ser una enorme bodega. En el fondo, hay una pequeña zona que funge como segundo nivel, a ratos iluminada y en otras ocasiones, no. Frente a las escaleras para subir a este apartado, la persona que pone música, se encuentra resguardada por murales al mero estilo queer: Un caballero desnudo muy afeminando.

La barra es el sitio que promueve el hedonismo puro; lo acompaña un poco la promiscuidad. Las lámparas neón que iluminan los tragos, son los reflectores leales para todas aquellas personas que decidan bailar sobre la superficie de la barra, con movimientos cadenciosos, en total y libre mancuerna con el tubo metálico que yace ahí. De ti depende que la audiencia entera fije sus ojos sobre ti, y así la noche te sea apremiada con un par de tragos de cortesía.

El sudor corre por el cuerpo de todo aquel que baile desenfrenadamente (bueno, no es necesario bailar para sudar ahí dentro). El reggaetón hace de las suyas y pone a más de la mitad de la afluencia a bailar hasta “el piso”. La temperatura —metafóricamente— sube cada vez más de nivel, mientras el audio rompe los altavoces, una pareja de hombres se besan con lujuria; la amiga de uno de ellos busca con la mirada a alguien con quien pueda hacer lo mismo.

No es tarde, quizá la una de la madrugada. La gente va y viene y el Marra nunca se vacía. Puede que la chica logre pescar algo, las miradas son latentes; salen a fumar pero un magnetismo los lleva directo por otra cerveza, esperan bailando, algún mesero fornido sin playera debe pasar frente a ellos con la codiciada cubeta llena de alcohol. Hay gritos, aplausos, coreo de canciones que son generacionales para la mayoría de los que estamos allí. Uno no puede actuar distinto a lo que el sitio propone, bien dicen por ahí: “A dónde fueres, haz lo que vieres”, y el Marra es ejemplo de ello.

La luz deja caer sobre todos nosotros su más fuerte poder. Ya no hay rincón oscuro donde pase desapercibido el tremendo “faje”. La señal del adiós es evidente. El abandono del espacio se da en forma ordenada. El parámetro de “fiesta”  se percibe en quienes caminan sostenidos por alguien más o que intentan dar tinos a su secuencia; otros más han salido victoriosos, seguro esa noche terminan envueltos en las sábanas de algún sitio desconocido.

El hombre con camisa a cuadros y cigarrillo en mano es ahora una de las tantas historias que se viven en este sitio, los tenis blancos y el aroma de su secuencia lo delatan. Ahí va, acompañado de un desconocido que le dice cosas al oído. Lo sujeta de la mano y ambos caminan en compañía del cigarro número 10 —quizás—. Entre risas y besos, cualquiera supondría cuál es su destino, su “after” se basará en la promiscuidad. El Marra lo dice: “Joto es amor”.