El Niño perdido

 

Nunca Jamás Peter Pan

Me lo dijo la última vez que lo vi. Fue como si me dijera que ya no era él, como si decir Nunca Jamás significara todo. Era un niño perdido y yo lo miraba sentada junto a su cama. Se estaba despidiendo cuando me lo dijo. Sólo estaba yo, y él, y yo y él, y por la pequeña ventana alguien nos observaba. Estábamos solos, sólo él y yo, y por la pequeña ventana unos ojos y una sonrisa. Tomó mi mano como si no supiera cómo decirlo, como si se avergonzara mucho de lo que iba a decir, no levantó la vista, sólo me lo dijo: Nunca jamás Peter Pan. 

Su mirada café se estaba apagando, lo vi por un momento y luego… ¿A dónde se había ido? Sentía que mis ojos se habían cansado de mirar dentro de los suyos para ver si volvía. Me seguía tomando la mano, temblaba. Sus dedos eran largos, su piel se había puesto muy blanca y delgada, tenía marcas. Separé con suavidad sus manos de la mía. Le sonreí y me levanté para acercarle la cobija. 

No volar. 

–Yo tampoco sé volar. 

–¡Antes!

Lo miré, me sonreía desde el rincón donde estaba. Un bulto, algo sin forma, una sombra perdida.

–Nunca Jamás sombra.

Él había perdido su sombra, nunca jamás había conocido a Peter Pan y ahora todas sus ventanas eran demasiado pequeñas para salir volando. Un niño perdido en la orilla de la cama intentando no caer, sin saber que ya se había caído. Él y yo, yo y él, y el tintineo que se escuchaba detrás de la pequeña ventana. Los ojos me miraron. Tan triste, tan cansado, tan perdido. Ya no hablaba con él desde que dejó de hablar, porque ya no sabía las palabras, porque ya no sabía nada. Sólo venía y me sentaba junto a su cama para verlo. En mejores tiempos hablábamos en la cama, incluso de Peter Pan. Confieso que sí lo conoció, tal vez mejor que nadie, pero ahora ya no lo conocía. Ahora yo estaba aquí, escuchando el tintineo detrás de la pequeña ventana y viendo cómo él me decía Nunca Jamás Peter Pan.

¿Peter Pan?

–La primera obra

–¿Wendy?

Y por un momento me pareció que él había vuelto de Nunca Jamás, que todas las ventanas estaban abiertas y que realmente sabía las palabras. Por un momento parecía que realmente había dejado de ser un niño perdido. Nunca Jamás Peter Pan. Un momento, sólo eso. Me tomó de la mano por última vez y me miró como tratando de decir algo que no podía. Miré su rostro delgado y ojeroso, su cabello inexistente, su sonrisa, ahora extraña y ausente, lo miré y supe que él Nunca Jamás volvería. Había perdido su sombra el día que decidió convertirse en un niño perdido al salir por la ventana. 

 

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