¡Que no falte el Pan de Muerto literario!

Es bien conocido que los mexicanos somos unos burlones y entre nuestra lista de quejas y desaciertos se encuentra La Muerte, quien ocupa un lugar primordial en nuestra cosmogonía y vida cotidiana.

En este renacer del amor por lo mexicano, que se percibe cada vez que nos acercamos a una festividad nacional, enfatizado por los recientes discursos políticos, de los medios de comunicación y la publicidad, en los que ser mexicano es ser chingón, oportunista y valemadres; visión matizada, en estas fechas, por el velo oscuro de la muerte, el papel picado y las veladoras que acompañan la tumba o la ofrenda de nuestros seres queridos; vale la pena presentar una novela que cumple con todos estos requisitos y que de una manera agridulce, también nos enlaza con lo más profundo, ruin y cínicos que podemos llegar a ser cuando nos encontramos a solas con nuestras acciones y conciencia.

Pan de muerto es una novela corta que en 1991 le dio a la mexicana Ana María Vázquez el Premio Nacional de Dramaturgia por su versión teatral. En esta obra, Dimas, un maquillador de muertos, en el sótano de una funeraria, tiene que sacrificar su día libre para preparar a una “clienta” nueva, que lo mete en una encrucijada ética, romántica y de emancipación.

El personaje principal de esta historia es un mexicano como muchos, debatiéndose en el ir y venir de los días, en los que se van consumiendo los sueños y la supervivencia se vuelve más fácil o difícil según se vivieron los primeros años. Un mexicano como muchos, con las emociones, los traumas y frustraciones a flor de piel, con la cara de la muerte siendo sombra y camino. Este mexicano, un ser ingenuo e inocente a quien la protección de una madre, como muchas madres mexicanas, no bastó. Pero ambos, dan siempre la cara más digna y son “luchones”, no dejan a un lado sus obligaciones y aún con todo, se determinan a sonreír cada día, pues ya qué, así les tocó vivir, así lo quiso Dios.

Esta peculiar —y hasta cierto punto incómoda— situación, es un retrato único de México, de sus tradiciones y de quienes las recrean. Es un motivo para que este amor por nosotros, que resurge de las ruinas de un país en guerra, sea sin máscaras, con la conciencia plena de lo que somos también en lo más profundo y oscuro de nuestro ser, para así, mantener a la bestia al margen.

 

Imagen: Editorial Porrúa