Un día en La Feria de la barbacoa y el pulque en Villa del Carbón, Estado de México.

Caminando a toda prisa, las horas de sueño se habían extendido y el tiempo derramado en mis pasos presurosos. Poco a poco, conforme uno va alejándose del hogar y se llega al centro, rústico… de Villa del Carbón, comienzan a verse más almas andando por la baqueta. ¿Estará vació? ¿En verdad que la final del mundial dejó a todos en sus casas? Me preguntaba ansiosa de llegar y ver con mis propios ojos el crecimiento de un pequeño pueblo mágico.

Por la Avenida Juárez, dos cuadras antes del cuadro principal, veo un flujo de personas que entran y salen de a uno, de una casa vieja, la “Casa del Recuerdo de…”, -en otro momento  -me digo, y sigo caminando a paso apresurado, una cuadra más y la realidad se aglomera en las calles que rodean el parque central. Coches, motocicletas (que son otro tema en este pueblo), familias, niños pequeños, todo el mundo con un aire apresurado y festivo. Con un flujo de gente que dobla al esperado de seis mil personas, la “Feria de la barbacoa y el pulque 2018” fue un evento más que pasó de las bajas expectativas de los anfitriones a una desmesurada afluencia de gente.

Intento aproximarme a los expositores de pulque y barbacoa, paso por la pequeña explanada del parque, al fondo, ya es común ver ponis atados a un tubo central como un carrusel viviente, inhumano. Un grupo de ovejeros que dan cuenta del negocio de cría, otro de los pilares económicos de la región, y un par de caballos de exhibición para que los visitantes entusiasmados de esto que les parece tan ajeno, se tomen una foto del recuerdo, de cuando fueron “rancheros”.

Por fin llego, frente al palacio municipal está una carpa enorme que cobija a los turistas gastronómicos, a los diez expositores de barbacoa y cinco de pulque, así como a los representantes de la cultura del municipio. Paso a pasito, ahora, intento dar un primero vistazo general al evento. En las mesas, hay muchas personas comiendo y bebiendo curados de fresa, piñón, pistache… pero conforme me incorporo a la fila que pasa frente a los puestos voy escuchando expresiones que antelan un desanimado “llegamos tarde, ya no hay”. Eran las dos de la tarde y la barbacoa se había acabado, diez borregos por puesto, seis horas de venta bastaron para acabar con todo, menos con las quesadillas. Uno que otro puesto aún circula entre las mesas platos de consomé, charolas con cebollita, cilantro y salsas. Encargo mis dos quesadillas con “Don Chava” y ando una vuelta más para hacerme de un buen trago de pulque.

Foto: Arte Chachagua

Me decido por el pulque de “Los tlachiqueros”, restaurante que tiene su establecimiento en uno de los pasajes turísticos que rodean a la plaza central y que dan servicio de lunes a domingo.  Pido uno de fresa y otro de mazapán. Ya con el menú armado, tomo asiento y en un breve descanso, me empapo de los alrededores. Barrigas llenas y otras que se conformaron con consomé y quesadillas; caras alegradas por el calor de la bebida ancestral y otras un poco apretadas porque a pesar de la fila, tuvieron que cambiar de plan; sin embargo, sobresale la alegría de las familias, las fotos, los colores del pulque en se desborda de las mesas.

Al fondo del pabellón, un escenario que de continuo presenta a las jóvenes promesas del pueblo en folclore tradicional, y con voz de mariachi y faldas que se ondean al compás del zapateo, la música de fondo tiñe de verde, blanco y rojo, los alimentos; una cierta atmósfera melancólica, nacionalista, familiar, rodea a todos los presentes, los satisfechos y los que no, todos, compartiendo el gusto de haber viajado en auto por las verdes curvas de la sierra, el verde frescor del monte, el olor a carbón de los comales y el ruido constante de los visitantes que se vuelve música.

Nuevamente emprendo el paso, cruzo por el parque ahora en dirección contraria y encuentro un puesto de licores, otra de las bebidas artesanales que se producen en Villa del Carbón. Andando, llego al “portal chelero”, en donde, distintos locatarios reciben a los visitantes –principalmente agrupaciones de motociclistas-, con una buena variedad de cervezas artesanales y micheladas. Alrededor del parque además de las cervezas se pueden apreciar algunos de los negocios más representativos del pueblo, botines, pieles, comida, rompopes.

Sobre esa banqueta la Casa de Cultura mantuvo sus puertas abiertas, aunque no así sus actividades, salvo en el portal colonial, donde la pintora local Fabiola Chávez hace un retrato colectivo de la Familia “los Guía”, quienes contestan al unísono y en un tono casi comercial, como si se tratara de un programa de concursos, todos sonrientes, todos alborotados, todos apretujados y esperando ver la imagen inmortalizada de su visita, desde la Ciudad de México a Villa del Carbón.

Foto: Arte Chachagua

Aunque en teoría es un evento completo: comida, música, actos escénicos… me quedo con muchas dudas, algo falta aquí, algo del tamaño y presupuesto de los pueblos mágicos, quienes no sólo reciben un apellido que abre las puertas del turismo, sino un presupuesto adicional para la cultura. Finalmente, me encuentro con el encargado de turismo del municipio, el Licenciado Andrés Miranda quien me explica algunas de las dificultades que se tienen al organizar eventos turísticos en un pueblo conformado por una gran variedad de personas, desde las originarias, hasta los que han decidido hacer su retiro en esas verdes y tranquilas calles. Según Miranda, “no hubo una preparación previa para los ciudadanos, al recibir el nombramiento de Pueblo Mágico”, pues se requiere una actitud nueva frente al turismo y desarrollo económico de la zona, sin embargo, las divisiones partidistas, económicas o raciales, hacen que los ciudadanos no confíen en ese tipo de proyectos y por lo tanto no participen. Tan solo para esta feria, fueron convocados 60 vendedores de barbacoa de la región y sólo acudieron 10.

Para un pueblo de 50 mil personas, con una riqueza natural y ancestral muy importante, pues Villa del carbón se incluye en la Ruta Otomí, el nombramiento de Pueblo Mágico que se le dio en septiembre de 2015, significa aún una realidad muy lejana, esperada por unos y temida por otros, en la que se requiere sí de la participación ciudadana, pero también un mejor aprovechamiento de recursos destinados a la ecología, al desarrollo de pequeños negocios y de eventos con una variedad artística digna de las zonas representativas de la cultura nacional que tenemos de este lado del Estado de México. Se están planeando nuevas ferias, la de bebidas artesanales, de las truchas, de productos de piel; esperaremos que con cada uno de los nuevos eventos la ciudadanía comience a vivir con orgullo y dedicación la distinción de Pueblo Mágico y que los visitantes se enamoren no sólo de la belleza natural que les rodea, sino también de su gente.

Busco una forma de regresar a mi rumbo por calles llena de coches, voces alegres y un cielo que augura una refrescante lluvia, camino hacia la calma de las calles alejándome del centro de Villa del Carbón.

 

 

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